Agencia Excélsior|Ciudad de México
Nada como encomendarse a “San Hormiga” González, “San Morita” o “San Raúl Jiménez”. No para el triunfo de la Selección Mexicana, sino para el sustento del día a día, una moda que refleja los rasgos socio-culturales de nuestro país.
Eduardo Badillo se pasea por las inmediaciones del Estadio Nemesio Díez. En sus manos lleva un exhibidor de plástico con estampas que se han popularizado en los partidos de futbol de Liga MX: las famosas imágenes de futbolistas santificados.
Deidades que le roban el suspiro a los aficionados, pero cada uno a su manera, como la figura de Armando González, “la estampa más solicitada” por encima de los jugadores con mayor trayectoria.
“Si Dios lo permite estaremos en el Mundial vendiendo estampitas, se volvió una moda porque el fan busca algo para su jugador y llevarlo al altar. A San Hormiga lo piden más; los señores piden a Memo Ochoa, ya es de señores”, ríe Eduardo. “Las chavas vienen por Raúl Jiménez, el otro Giménez también. Y los niños por el San Messi y San Cristiano”.
El Mundial, un comercio para todos
En tres años que lleva en el comercio ambulante, Eduardo proyecta una buena temporada de ventas para el Mundial 2026, pese a las restricciones cerca de los estadios mundialistas.
“Hay que aprovechar y buscarle la manera en lugares donde sí se pueda vender, hay que intentarle porque es el pan de muchos”, añade Eduardo, originario de la Ciudad de México, pero que no se permitió desaprovechar el cartel de un juego entre la Selección Mexicana y la de Serbia.
Aunque el colorido de las banderas y el ánimo de los cánticos invitan a seguir los partidos, para Eduardo los 90 minutos son para mejorar su economía y solventar sus estudios universitarios en Derecho —a falta de seis cuatrimestres—, además de dedicarse a conducir un taxi de aplicación.
Estampitas de los Santos de la Selección a la venta
Por ello, cada jornada en los estadios de la capital y los cercanos como el Cuauhtémoc de Puebla o el Nemesio Díez, pese al derecho de piso por pagar en el ambulantaje, Eduardo se lanza a trabajar con la bendición de sus estampas.
“Hay que sacarle, porque estudio. Sí es difícil. Me despierto a las 7 de la mañana, te bañas, sacas lo del trabajo, primero los viajes de Uber y así me voy a los estadios. Vivo con mis padres; para sacar mis gastos hay que trabajar doble”.
“Hay que perdernos de disfrutes de la vida, pero también se disfruta de otra manera como trabajando. Sí me pierdo de partidos, le voy a Cruz Azul y ahorita te imaginas cómo ha sido en sus juegos. Depende mucho del partido: en la final saqué más de 5 mil pesos de santitos, pero un partido regular unos mil o 2 mil pesos promedio”, compartió un tanto tímido el vendedor de 22 años, pero con energía para cumplir su meta de terminar la Universidad de la mano de los ídolos de la afición.


